Ya no sé ni contar los minutos

Tres. Quince. Horas. Minutos.

Tu ausencia ya se nota, se puede palpar, es espesa, fría, oscura, igual que tu cuarto que desolado llora cada noche por no tener a quien cobijar. Yo me echo allí sobre las sábanas y observo a mi alrededor,  todo es “tan tú”; los lápices desparramados por la mesa, la ropa encima de la cama y las sudaderas en la silla, aquel elefante tallado, las fotos puestas por la estantería, tus mecheros y los vasos de chupito.

Ya han pasado semanas y sigo con un vacío dentro que cada día aumenta. Tu ausencia se sigue palpando, ya no río tanto, ni puedo relajarme porque tú no estás ahí para recordarme que hay que sonreír y que es mejor dedicarle el tiempo a la alegría. Se me ha vaciado el hueco del sofá en el que estabas cada tarde, donde me hacías cosquillas, cariños y un poco de rabiar. Ya no hay abrazos nocturnos a domicilio en mi cuarto, ni pelis por las tardes y menos siestas compartidas en el salón, tratando de encajar como dos piezas de tetris entre los cojines.

Sé que pasará rápido y que  algún día también tendré que acostumbrarme a que no estés, pero en este momento necesito compartir esta felicidad que tengo con mi hermano perdido por América del sur.
Vuelve.

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