Sentimiento inmaterial (I)

Se puso a revolver todos los cajones de su cuarto, parecía una tienda en rebajas. Ropa por el suelo, por la mesa, por la silla… Por todos lados menos en los armarios. Cuando lo vi, no podía salir de mi asombro:

-Pero hija, ¿qué haces?- conseguí decir después de mirar y remirar ese caos.

Me miró y pude ver miedo en sus ojos, desesperación, ganas de llorar de rabia. Pero la mirada  duró pocos segundo, cambió a una expresión cansada, con los ojos hacia arriba y la cabeza a un lado, de esas que ponen las hijas y los hijos cuando les interrumpes o saben que les vas a repreochar algo y quieren que les dejes hacer lo que están haciendo porque para ellas y ellos tiene sentido.

-Ay mamá déjame, estoy buscando una cosa. Luego lo ordeno… Bueno o mañana que estoy cansada.-

Tras pronunciar la última letra se giró y continuó con su desorden. Me quedé ahí plantada, observándola, no sabía que hacer, parecía saber lo que buscaba pero yo no lo tenía tan claro.

-¿Qué buscas? Si quieres te ayudo, que eso de ´como vaya yo y lo encuentre hasta ahora ha sido muy efectivo.’- dije con un tono infantil y bromista.

Ni se inmutó. Notaría que la seguía mirando entonces giró la cabeza me miró y dijo con una sonrisa y ojos de cordero degollado:

-Mamá que mañana lo ordeno, te lo prometo. Y pongo yo la mesa antes de cenar ¿vale?

No quise seguir viendo aquello así que decidí irme, sin antes observar que solo sacó y sacudió aquellas prendas que más se ponía para salir. La falda granate de vuelo que le compré en un mercadillo en Burgos, la blusa blanca de tirantes con un volante que heredó de su prima o unos vaqueros rotos, de esos que se llevan ahora que se compró con sus ahorros las navidades pasadas. Este detalle me sorprendió, así que decidí recurrir a mis dotes de policía y sigilosamente di dos pasos hacia atrás y me quedé observándola un buen rato.

Los días en la academia fueron de los mejores de mi vida, mi abuelo fue escritor de novelas policiacas y me encantaba enfrascarme en sus libros y luego recrear las escenas, sentirme policía, criminóloga, investigar, encontrar huellas, datos, detalles… Por ello decidí dedicarme a ello y aunque a mi padre no le hizo mucha gracia, no pudo impedírmelo. Siempre fui muy cabezota y si algo se me metía entre ceja y ceja, no paraba hasta conseguirlo. Me gustaba conseguir mis metas, aunque fuese a largo plazo. Mi hija, Eva no ha heredado eso de mí, ha salido más a su padre: distraído, soñador e imaginativo, nunca podía acabar algo de una. A veces me ponía muy nerviosa esa actitud pero a lo largo de los años me transmitió la calma que necesitaba para, antes de tomar una decisión importante en mi vida, parar, respirar, pensar y elegir habiendo pensado en todas las consecuencias y opciones que tienes. Para muchas investigaciones ha sido fundamental. Después me jubilé, acabé saturada del mundo policial, de la lentitud de los procesos judiciales, los machismos y micromachismos de la última comisaría en la que estuve en un pueblo de Castilla… Lo dejé y decidí escribir, como mi abuelo, siempre lo he hecho pero en cuadernos que dejaba tirados por casa, hasta que un día Eva encontró uno y tras leerlo me dijo que debía continuar la historia que había comenzado, una cleptómana que trabajaba en un museo, la enfermedad y el deseo se agravaban porque no podía robar un cuadro, ya que al ser tan grandes no sabía cómo hacerlo, la ansiedad por tanto aumentaba. Al no saber cómo continuar dejé la historia sin acabar, pero al prejubilarme continué y esa fue mi primera novela: La grandeza.

Continuará

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s